Árbol en un parque


"Yo lo llamaba el Parque de los Teletabis. No era su nombre oficial, naturalmente. Algún técnico municipal le habría puesto una denominación respetable, probablemente dedicada a algún prócer desconocido o a una fecha histórica de esas que nadie recuerda. Pero para nosotros siempre fue el Parque de los Teletabis.
La razón era evidente. En mitad de la zona de juegos infantiles se levantaba una colina artificial que parecía sacada directamente de aquella serie que volvía locos a los niños a finales de los noventa y principios de los dos mil. Una loma verde, redondeada, con rampas y toboganes integrados en sus costados. Solo faltaba que se abriera una puerta circular en la hierba y apareciera un personaje de colores saludando con entusiasmo sospechoso.
Aquella tarde nos acercamos hasta allí para que los niños gastaran energía, que es la principal ocupación de los niños cuando tienen seis y cuatro años. Los adultos solemos creer que llevamos a los pequeños al parque para que se diviertan. Error. Los llevamos para que lleguen cansados a casa y nos dejen descansar unos minutos.
Mi descendencia, por entonces, cumplía perfectamente con su obligación biológica. La mayor rondaba los seis años y el pequeño los cuatro. Ambos se lanzaron a la conquista de la colina como si fueran exploradores españoles desembarcando en un continente recién descubierto.
Mi mujer los acompañaba, aunque más que acompañarlos vigilaba cada movimiento. Poseía una sensibilidad especial para detectar catástrofes infantiles. Donde yo veía un tobogán, ella veía una posible fractura. Donde yo observaba una rampa inofensiva, ella imaginaba un aterrizaje de emergencia en traumatología.
Mientras tanto, yo desempeñaba mi propio papel.
Era el tonto de la cámara.
Toda familia tiene uno. El individuo que se descuelga del grupo para fotografiar una hoja, una hormiga o una sombra mientras los demás viven la experiencia real.
En aquellos años los teléfonos móviles todavía no eran lo que son ahora. Las cámaras normales producían fotografías aceptables para recordar un cumpleaños, pero poco más. Sin embargo, yo había logrado hacerme con una auténtica joya tecnológica: un Nokia Lumia 1020.
Aquello no funcionaba ni con Android ni con Apple. Era una especie de rara avis tecnológica. Pero tenía una cámara de cuarenta megapíxeles y un objetivo Carl Zeiss que era la envidia de cualquiera que disfrutara haciendo fotografías.
Cuando acudía a imprimir mis imágenes siempre aparecía algún experto.
—Fotos de móvil no, que salen mal.
Entonces yo adoptaba la expresión de quien posee un secreto superior.
—Mi móvil tiene cuarenta megapíxeles y objetivo Carl Zeiss.
Lo pronunciaba como quien informa de que conduce un Ferrari o posee acciones en una petrolera.
—De aquí sale arte.
La realidad es que casi nunca salía arte, pero la ilusión compensaba ampliamente la falta de talento.
Así que mientras los niños corrían arriba y abajo de la colina y mi mujer ejercía de servicio preventivo de urgencias, yo me dediqué a recorrer los alrededores buscando algo digno de ser fotografiado.
Flores.
Insectos.
Hojas.
Alguna planta ornamental.
Lo habitual.
Y entonces lo vi.
Era un árbol singular.
No especialmente grande. No especialmente raro. Sin embargo, poseía una característica que lo distinguía de los demás. Su tronco emergía del suelo con una inclinación pronunciada, como si hubiera decidido crecer en diagonal por puro desacuerdo con las normas de la botánica.
La copa se expandía en una masa verde y, de las ramas, colgaban numerosos racimos verticales de flores claras.
Me detuve.
Lo observé durante varios minutos.
A veces las fotografías aparecen de repente. No se buscan. Te encuentran.
Mientras contemplaba aquel árbol inclinado sucedió algo curioso. Las líneas comenzaron a transformarse en mi imaginación. El tronco dejó de ser un tronco. Las ramas dejaron de ser ramas. Los espacios entre las hojas empezaron a convertirse en triángulos, rombos y polígonos irregulares.
Y entonces apareció Picasso.
No físicamente, claro.
No creo que el ilustre malagueño tuviera la costumbre de manifestarse en los parques infantiles de Málaga.
Apareció su influencia.
De pronto vi la escena como una composición cubista. El árbol ya no era un árbol sino una suma de formas geométricas encajadas unas en otras. El cielo se fragmentaba en planos. Los bancos del parque adquirían ángulos imposibles.
Tomé la fotografía.
Sabía exactamente lo que quería obtener.
Aunque todavía no existía.
La imagen estaba dentro de mi cabeza.
La fotografía solo era la materia prima.
Más tarde, ya en casa, la reconstruiría.
Y así fue.
Aquella noche abrí la aplicación PicsArt y comencé a trabajar sobre la imagen original. Poco a poco fui eliminando la realidad objetiva y sustituyéndola por la realidad que había imaginado en el parque.
Los verdes se transformaron en facetas.
Las sombras en polígonos.
El árbol inclinó aún más su personalidad.
Cuando terminé, la imagen se parecía bastante poco al árbol verdadero y mucho a la visión que había tenido bajo el sol de aquella tarde malagueña.
Entretanto, la vida familiar había seguido su curso habitual.
El pequeño se raspó una rodilla.
Nada grave.
La mayor se golpeó la mano derecha.
Nada grave tampoco.
Pero toda caída deja su recuerdo.
Mi mujer entró en acción con la eficacia de una enfermera veterana. Desinfectó la rodilla del menor, aplicó hielo sobre la mano de la niña y repartió besos terapéuticos, que constituyen el medicamento más utilizado en la medicina doméstica.
La tarde concluyó sin dramas.
Los héroes regresaron a casa.
Las heridas quedaron controladas.
La colina de los Teletabis permaneció donde estaba, esperando nuevas expediciones infantiles.
Y aquella noche cada uno soñó con lo que había vivido.
El pequeño soñó con aventuras, carreras y toboganes.
La mayor soñó con conquistas en la cima de aquella montaña diminuta.
Mi mujer soñó, probablemente, con botiquines, tiritas y niños que por una vez no se caían.
Y yo soñé con un árbol cubista que se inclinaba suavemente bajo el cielo de Málaga mientras Pablo Picasso, desde algún rincón imposible de la imaginación, asentía en silencio ante aquella modesta obra nacida de un Nokia 1020 y de una tarde cualquiera en el inolvidable Parque de los Teletabis."
Espero que os haya gustado la foto, la foto transformada y su historia
nandoLARA
