Cada foto tiene su HISTORIA

Cada foto tiene su…
HISTORIA
Fenando J Lara Moya
(nandoLARA)
Autor
Soy Fernando J Lara Moya, aficionado a la fotografía y a su edición. Nací en Pozo Alcón (Jaén), un precioso rincón de la Sierra de Cazorla, y actualmente vivo en Alhaurín de la Torre (Málaga), otra zona con un entorno montañoso que también me inspira profundamente.
De formación soy ingeniero técnico industrial y rondo los cincuenta, aunque fue hace no mucho, tras pasar uno de los momentos más bajos de mi vida, cuando decidí dar un giro y aferrarme a lo que me hacía sentir vivo: la fotografía.
Así nació mi proyecto personal: www.nandolara.es, un espacio donde comencé a contar las historias que hay detrás de mis imágenes. Con el tiempo, esas historias han querido tomar forma también en papel. Este libro es el resultado de ese camino: una forma de compartir no solo fotografías, sino también emociones, recuerdos y paisajes que me han acompañado en este renacer.
Índice
Prólogo, 06
01. Visita al Louvre, 11
02. Bodegón de campo, 16
03. Las primeras horas del día dan mocho, 22
04. Viaje al Algarve, 30
05. El primer triunfo..., una flor..., 35
06. Patinaje en pandemia, 41
07. Desde el Jardín de las Tullerías, 47
08. Guazalamanco, un paraje único, 52
09. Desde Málaga con amor..., 59
10. Visita al Museo Picasso de Málaga, 66
11. Riofrío,... Granada, 73
12. La Malagueta cubista,..., 80
13. Una mascota y un animal "salvaje", 86
14. La ilusión de una artista, 92
15. Amanecer en Guadalmar, 97
16. Reflejos de la Malagueta, 103
17. Brothers, 109
18. Karlovy Vary, 114
19. La música un sueño, 120
20. La rosa de Benamahoma, 126
21. Gotas de la fuente, 131
22. La cascada del cariño, 137
23. Bañistas en las playas de Maro_V.1, 142
24. Bañistas en las playas de Maro_V.2, 147
25. Embalse de La Bolera, 153
26. Castillo de Almodovar del Río, 158
27. Pantano de La Bolera, 163
28. Santuario de Bom Jesus do Monte, Braga, 170
29. La Giralda desde los Alcazares, 177
30. El violeta de las alcachofas con Alhaurín al fondo, 182
31. La Alcazaba de Málaga, 189
32. Reflejo en el Louvre, 194
33. Reflejos de invierno, 199
34. CALBLANQUE, un paraíso de playa natural..., 205
35. Medina Azahara, 211
36. Un día en Maro, 217
Epílogo, 222
Agradezco a mis hij@s y
mi mujer por soportar
mis necedades …
Prólogo
Este libro no nació de una idea repentina ni de un sueño largamente planeado. Nació, más bien, como respuesta a una necesidad. Una necesidad de expresar, de soltar, de reconstruirme desde dentro.
Durante un periodo complejo y profundamente introspectivo de mi vida, me vi obligado a detenerme. No fue una decisión voluntaria, sino una consecuencia inevitable de un conflicto interno que no podía seguir ignorando. Aquel momento, que podría haberse convertido en una caída sin fondo, fue en realidad el inicio de una nueva forma de mirar. Una forma de mirar hacia afuera, pero sobre todo hacia adentro.
Con el apoyo constante de mi psiquiatra, D. Juan Torres Ojeda y la ayuda de diversos psicólog@s, entre ellos Dª Carmen Barceló Cabello y Dª Cristina Green Heredia, que me acompañaron con generosidad; la compañía de mis hijos, Marta y Héctor, y mi esposa Maribel. Gracias a ellos he podido salir adelante incluso en los momentos más difíciles.
Fue en junio de 2024, tras salir de la Clínica de Salud Mental El Seranil —a donde fui derivado desde el Hospital Virgen de la Victoria, el conocido Clínico de Málaga—, cuando un pequeño descubrimiento encendió comprensión y humanidad, comencé a entender que el dolor también puede canalizarse, que la inquietud interna puede transformarse en impulso creativo. Así, poco a poco, fui reencontrándome con lo que más me ha inspirado desde siempre: la fotografía y su magia en la edición.
También quiero expresar mi profundo agradecimiento al apoyo incondicional de mi esposa, Maribel, y al cariño. Navegando por internet, casi por accidente, descubrí que podía crear un blog. Algo en mí dijo "ahora". Y así nació www.nandolara.es, un espacio que pronto se convirtió en mucho más que una simple galería digital.
Allí, en cada fotografía que comparto, en cada edición, hay un fragmento de mi historia. No solo es una imagen: es un recuerdo, una sensación, un instante que quedó grabado en mí y que, a través de la cámara y del proceso de edición, toma nueva vida. A veces es una luz que me recordó un día feliz. Otras veces es una sombra que refleja una emoción difícil. Pero en todas hay verdad. Hay alma.
Me llamo Fernando J. Lara Moya, aunque en este viaje artístico me nombro nandoLARA. Y este libro que ahora tienes entre las manos es la extensión física y tangible de ese blog, de ese espacio íntimo donde fotografía y memoria se entrelazan. Aquí encontrarás parte de mi camino, narrado en imágenes. Cada una de ellas tiene su propia historia, y si decides detenerte en ellas con atención, quizás puedas sentir también lo que yo sentí al hacerlas o al revivirlas.
Este libro es una invitación. A mirar. A sentir. A empatizar. A detenerse, como yo tuve que hacerlo, y descubrir que incluso en los momentos más oscuros puede nacer algo luminoso. Si has llegado hasta aquí, gracias. De corazón. Espero que lo que veas y leas te toque, aunque sea un poco. Y si es así, todo habrá valido la pena.

1. Visita al LOUVRE, Verano 2023
Si habéis reparado en la fotografía que encabeza mi presentación, seguramente habréis notado que mi rostro guarda un parecido con alguien a quien quizá ya habéis visto, aunque no sea exactamente la imagen de alguien tan común. Mi buen amigo Leo, el pintor de Firenze, un hombre de esos que se pierden entre la bruma de las ciudades olvidadas, decidió un día hacer una copia de mi semblante, aunque, como siempre pasa con los artistas, encontró algo que no le encajaba. La barba, decía, no le pegaba al personaje que quería retratar. Y así fue como, en un arranque de improvisación, se acercó a la primera mujer que cruzó por el callejón donde tenía su estudio. Le cambió la cara y, como si nada, convirtió el retrato en una obra maestra de su propia invención.
Yo le dije, con la misma calma con que se habla de un buen vino, que había acertado. Le sugerí que la vendiera a Francisco I de Francia, quien, por supuesto, no repararía en el precio si le ofrecían un cuadro tan peculiar. Hoy en día esa obra, que muchos creen genuina, se exhibe en el Louvre, pero, como suele ocurrir con los grandes secretos, le han arrebatado la cara original.
La cara original, que por una ironía del destino terminó en mis manos, la tengo guardada en algún rincón olvidado de mi casa. Le tomé una foto hace tiempo, la misma que ahora preside este blog, pero hace tanto que no la veo que ya no sabría decir en qué parte del tiempo se encuentra. La buscaré, claro, pero si me perdonáis, me temo que la búsqueda se va a parecer más a una expedición a lo desconocido.
Aprovechando la excusa de esta pequeña anécdota, permitidme contaros cómo nació esta foto. Fue durante un viaje a París, que mi hija había insistido en hacer, movida por el anhelo casi palpable de ver la Torre Eiffel y sumergirse en la ciudad de las luces, un destino tan etéreo que parecía sacado de un sueño. Además de la torre, cuyo esplendor me pareció tan sobrecogedor como la misma ciudad, también decidimos visitar el Louvre. Y allí, como en una danza interminable de gente, se apretujaban miles de almas, todas con el mismo deseo de acercarse a la mítica Gioconda. Estuvimos media hora en una cola que parecía no tener fin, y, al final, cuando por fin llegué ante el cuadro, comprendí lo que muchos ya habían dicho: la Mona Lisa es, en realidad, una miniatura. Aquel retrato que tantos veneran, se veía diminuto, casi diminuto ante la magnitud de las expectativas, y la ironía de la vida hizo que me sintiera tan pequeño en su presencia que, sin pensarlo, decidí aportarle un toque personal. Así que, con una sonrisa algo traviesa, decidí que mi rostro debería formar parte de esa obra inmortal, aunque, entre nosotros, debo confesar que el cuadro ganó mucho con la barba.
Después de esa pequeña travesura, el día se tornó largo y exhausto. El Louvre, en su grandiosidad casi infinita, nos dejó tan cansados que no vimos ni la mitad de sus tesoros. Sin embargo, hubo una sala que se me grabó en la memoria como si fuera un sueño lejano: la exposición de la cultura mesopotámica, que me pareció más fascinante que todas las otras colecciones juntas. Allí, entre fragmentos de antiguas civilizaciones y ecos de un pasado tan distante, sentí que el tiempo se detenía por un instante.
Pasamos cinco días en París, cinco días que, como los buenos recuerdos, se quedaron incrustados en el alma. No obstante, debo confesar que una espina, pequeña pero profunda, me quedó clavada en lo más recóndito de mi ser: no pude visitar el Museo d'Orsay. Y eso, amigos míos, bien merece otro viaje, otra excusa para regresar. Ahorraré, no lo duden, para que la próxima vez, entre todas las maravillas de la ciudad, no me quede esa pequeña deuda pendiente.

2. bODEGÓNdE cAMPO
Este "bodegón", que evoca la influencia de la genialidad de Andy Warhol, surgió de una fotografía tan sencilla como aparentemente ordinaria, una mera imagen de una caja de frutas. No obstante, la captura, realizada hace ya más de una década, es el fruto de la tecnología que marcó su época: el mítico Nokia 1020, aquel aparato que, por su propia naturaleza, estaba destinado a dejar su huella en un período de transición, cuando lo clásico y lo moderno se entrelazaban con una fascinante agilidad.
Esta imagen, en apariencia modesta, nació de una celebración. Fue en un encuentro amistoso en mi pueblo natal, Pozo Alcón, en la provincia de Jaén, un lugar de belleza inigualable, enclavado en las entrañas del Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas, una joya de paisajes montañosos y rincones vírgenes que hacen que mi corazón se embriague de emoción cada vez que menciono su nombre. No me resisto a rendir homenaje a este lugar, cuna de mi vida y mi memoria, donde el aire huele a romero, a tomillo, y a leña húmeda, y donde cada sendero parece conducir, no solo al bosque, sino también a una parte olvidada de uno mismo.
La ocasión que dio origen a esa fotografía fue una que, por su naturaleza, dejó una huella indeleble en mi existencia. A finales de 2009, un accidente casi fatal cambió mi vida, obligándome a afrontar una ardua y prolongada recuperación. El cuerpo, ya lo sabemos, a veces se convierte en el más exigente de los maestros. Pero también lo hace el alma, que, ante el dolor, reclama sentido. Mis amigos, con la ternura que caracteriza a aquellos que se preocupan sinceramente, decidieron festejar mi restablecimiento con una comilona en plena Sierra, en un paraje conocido como "El Hoyo de los Pinos", cuya serenidad y belleza invitan a la reflexión más profunda. Ese rincón, entre pinares que se alzan como catedrales vegetales, es un santuario para quienes saben mirar.
La comitiva se componía no solo de mis amigos de siempre, esos hermanos que la vida me regaló sin necesidad de sangre, sino también de sus hijos, quienes, con su alborozo infantil, aportaban una vitalidad desbordante a la ocasión. Sus carreras entre los árboles, sus risas agudas y los gritos de alegría parecían poner música a la jornada.
Entre risas y conversaciones, las viandas no tardaron en llenar la mesa: carne a la brasa que chisporroteaba con cada vuelta, embutidos de todo tipo, patatas fritas crujientes y doradas como el sol de la tarde, un revuelto de frutos secos que evocaba la calidez de los días festivos, y una lechuga fresca, que en su humildad representaba la sencillez de los placeres más cotidianos. Todo ello regado con vinos de diferentes variedades, cerveza en todas sus presentaciones, refrescos y aguas que calmaban la sed, sin olvidar los destilados: whisky, ron, ginebra, que acompañaban las copiosas carcajadas y los brindis sinceros, de esos que se hacen con el alma.
En medio de aquella algarabía, con los niños correteando de un lado a otro, y mis amigos preparando las viandas con la destreza propia de aquellos que disfrutan de los pequeños placeres de la vida, me encontré ante una escena aparentemente trivial, pero llena de una singular belleza: una simple caja con frutas y tomates, productos sencillos que, en su modestia, parecían mostrar la verdadera esencia de lo que estábamos celebrando. Era una escena tan cotidiana que podría haber pasado desapercibida, pero algo en su disposición me llamó la atención. Había algo en la mezcla de colores, en la luz de la tarde que se colaba entre las ramas, que me hizo detenerme.
Y fue entonces cuando tomé mi móvil nuevo, con la ilusión de quien adquiere un aparato por la promesa de su cámara de fotos tan avanzada. Me incliné sobre la caja, capturando la imagen desde un ángulo cenital, como si quisiera dar a ese objeto anodino la dignidad de una obra de arte. Sin pensarlo mucho, presioné el botón y, como por arte de magia, la foto surgió. Una imagen tan sencilla, pero con una estética que, en el momento en que la vi, me recordó al estilo de Warhol, tan simple y, a la vez, tan cargada de significados ocultos. Un bodegón accidental con alma de pop art.
Con el paso del tiempo, esa imagen ha adquirido un valor que trasciende lo meramente visual. Es un símbolo, casi un talismán, que me recuerda que la vida, aunque frágil, siempre ofrece una segunda oportunidad. Cada vez que la contemplo, revivo la calidez de aquel reencuentro, el crujir de las ramas bajo los pies, y el aroma inconfundible de las brasas encendidas. Es un recordatorio silencioso de que lo esencial no necesita alardes, que la belleza genuina reside en lo espontáneo. Por eso, cuando alguien la observa y se detiene un instante, siento que comparte algo íntimo conmigo, aunque no lo sepa. Porque esa foto no es solo mía: pertenece también a quienes saben ver más allá de lo evidente.
A mí, personalmente, me gusta. Y me atrevería a decir que a ustedes también les agradará, pues a veces las bellezas más profundas se encuentran en los detalles más insospechados. Esta fotografía la imprimí en un lienzo de tamaño mediano, y el resultado es, sin duda, encantador. Si a alguien le interesa, no duden en comunicármelo por privado. Estaré encantado de compartirla, no solo como imagen, sino como testimonio de un momento que, pese a su aparente sencillez, encierra una historia de renacimiento y gratitud. (Estos temas, ya sabéis, es mejor tratarlos en privado, gracias).

3. Las primeras horas del día dan mucho
Un día, en la tranquila mañana de un verano del 2019, me desperté antes de lo habitual. Serían las seis en punto cuando abrí los ojos, no por el ruido ni por la luz, sino por ese pensamiento que a veces te asalta de repente, casi como un susurro en medio del sueño: ¿Qué puedo hacer hoy para hacer felices a mis hijos? A veces la felicidad de los que más quieres se convierte en la brújula de tus días. Me quedé unos segundos acostado, dejando que esa idea flotara en mi cabeza, mientras oía el silencio de la casa aún dormida.
Me levanté con cuidado para no despertar a mi mujer, que dormía profundamente. Caminé descalzo hasta la cocina, disfrutando de la frescura de las baldosas bajo mis pies, ese contraste tan agradable con el calor que ya se intuía en el ambiente. Me preparé un café solo, cargado, como me gusta, y mientras se hacía, abrí la nevera y saqué un puñado de cerezas que nos había traído mi suegro de sus cerezos la semana anterior. Recuerdo bien su sabor: dulces, jugosas, con esa textura que cruje apenas la muerdes. Exquisitas. Eran casi como una caricia directa del verano.
Mientras desayunaba, pensé que aquel día merecía empezar con algo especial. No quería quedarme en casa, quería sentir el aire en la cara, sudar un poco, mover las piernas. Así que decidí salir en bicicleta. Me preparé con calma. Fui al garaje, saqué la bici y metí en la mochila un plátano, algo de dinero, por si acaso, y un bidón con agua bien fresquita que había dejado enfriando la noche anterior. Esas primeras horas del día son las mejores para hacer deporte en verano, cuando el sol aún no aprieta y la ciudad parece dormida.
Eran las seis y media cuando empecé a pedalear. Aún era de noche cerrada, pero en el horizonte ya asomaban las primeras señales de luz, tímidas, como si el día dudara en mostrarse. Me dirigí hacia la playa de Guadalmar, bordeando la desembocadura del río Guadalhorce. Ese recorrido siempre me ha gustado: es tranquilo, lleno de vegetación, y tiene algo de mágico cuando el cielo comienza a cambiar de color. Se escucha el canto de los pájaros, el murmullo del agua, y por momentos uno se olvida de que está tan cerca de la ciudad.
Tras veinticinco minutos de pedaleo suave pero constante, llegué justo a la desembocadura del río. Paré un momento, bajé de la bici, respiré hondo y miré hacia el este. El cielo era una mezcla impresionante de colores: rojos, anaranjados, dorados, con una calima suave proveniente del norte de África que teñía todo de una luz cálida, casi irreal. En ese instante sentí que el mundo se detenía. Que no había nada más importante que ese momento, esa vista.
Saqué el móvil, abrí la cámara y disparé. Solo una foto, sin pensar demasiado. Luego, más tarde, le di un pequeño retoque para intensificar los colores, pero la luz ya era tan bonita que apenas necesitó nada. No sé si en el fondo quería que pareciera un atardecer, pero lo cierto es que lo conseguí. Cada vez que enseño la imagen y pregunto a qué hora creen que fue tomada, todos me dicen que sobre las ocho o las ocho y media de la tarde. Sin embargo, fue exactamente a las siete y cuarto de la mañana. Un pequeño truco de la naturaleza, ayudado por un poco de edición, que engaña al ojo y a la mente.
Después de ese momento casi mágico, seguí pedaleando hacia el puerto de Málaga. El sol ya empezaba a subir, y el calor se hacía notar, aunque todavía era soportable. Llegar al puerto fue como entrar en otro mundo: el bullicio de los barcos, el olor a sal, los primeros trabajadores del día, algunos pescadores preparando sus redes. Me senté un rato, comí el plátano que llevaba, bebí un poco de agua, y simplemente observé. Me sentía bien, en paz, con una energía tranquila.
Tras un rato, emprendí el camino de vuelta hacia Alhaurín de la Torre. El regreso fue más lento, más pausado, como si no quisiera que terminara la mañana. Al llegar a casa, ya todos estaban despiertos. Mi mujer preparaba el desayuno, los niños correteaban por el salón. Me senté con ellos a la mesa, me tomé otro café, esta vez acompañado de una tostada con aceite y tomate, y compartí con ellos lo bien que me había sentido.
Poco después subí la fotografía a Picsart, sin muchas pretensiones. Simplemente quería compartir ese instante tan perfecto. La imagen empezó a recibir "me gustas" y visualizaciones. La última vez que la vi, tenía más de cuarenta mil visualizaciones y mil doscientos me gusta. No está mal para una foto tomada sin grandes planes, solo con la intención de atrapar un momento.
A veces los recuerdos más bonitos nacen de la sencillez. De una mañana cualquiera, un pensamiento fugaz, una bici, y un cielo que parece pintado por un artista invisible. Aquella imagen aún la tengo guardada, y cada vez que la veo, vuelvo a sentir lo mismo que sentí esa mañana: gratitud, calma, y el deseo profundo de seguir creando momentos así.
Y lo curioso es que, con el paso del tiempo, esa imagen ha adquirido un valor que va más allá de los "me gustas" o de las estadísticas de una red social. Se ha convertido en una especie de ancla emocional, un recordatorio silencioso de que no hace falta planear grandes viajes ni esperar fechas señaladas para vivir algo memorable. Aquel amanecer fue mi refugio, mi templo, mi instante sagrado. A veces lo imprimo en papel y lo coloco en distintos rincones de casa, como si necesitara que esa luz me acompañe en los días grises. Porque, en el fondo, eso fue: una pequeña epifanía disfrazada de paseo en bici. Una lección callada sobre lo esencial.

4. Viaje al Algarve
Os voy a contar el momento de una foto que nació del viaje que hicimos al Algave Portugués. Esa zona del sur de Portugal es muy bonita, puedes ver muchos enclaves de especial belleza, tanto natural, como humana. Este comentario está dirigido a la foto que muestra una persona mayor que pasea con su perro por una playa en el apartado de Fotografía con Edición Ligera con el título "Viaje al Algarve .
Siempre me ha inquietado, y no poco, esa capacidad que tienen ciertos momentos para permanecer. No tanto en el tiempo físico, que avanza y se deshace sin detenerse, sino en el otro tiempo, el nuestro, el subjetivo, donde lo que merece ser recordado se instala sin consulta y sin permiso, como si algo lo eligiera por nosotros. Eso me ocurrió en nuestro viaje al Algarve portugués, en los días fríos del puente de la Constitución e Inmaculada de 2023, cuando buscamos, como tantos otros, un respiro que justificara el viaje y la pausa.
Habíamos estado en Portimão por la mañana, en una barca que se adentró entre los acantilados. Sus paredes rocosas no parecían meramente naturales; tenían algo de deliberado, como si el tiempo mismo hubiese decidido esculpirlas para impresionar al visitante, a sabiendas de que, en un mundo tan rápido, los paisajes también necesitan sobresalir. Aquella excursión fue bonita, sí, pero tenía un aire de espectáculo, de algo preparado. Lo que ocurrió después, sin embargo, me sorprendió precisamente por no buscar impresionar a nadie.
Después de comer regresamos a Albufeira y nos fuimos a pasear por sus playas, sin mayor plan que caminar y dejarnos llevar por el eco del Atlántico, que se extendía más allá de donde alcanza la vista. Hacía frío; la luz era gris y tenue, de esas que no iluminan del todo pero que tampoco apagan, y que dan a los paisajes un aire de cuadro antiguo. En esas condiciones subíamos unas escaleras talladas en uno de los muchos acantilados de la zona. Fue entonces cuando, por puro azar —si es que el azar existe en estos casos—, giré la cabeza a la izquierda y la vi.
Una mujer mayor caminaba por la playa con su perro. Llevaba un abrigo que se adivinaba casi insuficiente contra el aire húmedo que soplaba, pero lo más llamativo no era ella ni el perro, que trotaba dócilmente a un par de metros de su dueña. Era el reflejo que ambos proyectaban en la arena, cubierta por una fina capa de agua salada. La imagen tenía algo de irreal: la mujer y el perro parecían duplicarse en aquel espejo improvisado, como si existieran en dos planos distintos, el tangible y el reflejado, y ambos fuesen igual de ciertos.
Saqué mi móvil y tomé una foto. No hubo tiempo para pensar en el encuadre ni en los detalles, pero eso no importaba. Lo que importaba era capturar el instante, la escena que, de alguna manera, parecía contener algo esencial. La imagen no estaba preparada, y por eso resultaba aún más perfecta: no era una representación, sino la vida misma en su forma más discreta.
Desde entonces, pienso en aquella mujer y su perro. No sé quién era ni qué historia arrastraba consigo. ¿Era ese su paseo habitual, un simple hábito que repite cada día sin pensar demasiado en él? ¿O estaba ella, como nosotros, de paso, llevándose también algo de esa playa en su memoria?
Lo que más me conmueve, al ver la foto, es el agua que refleja sus pasos. Me recuerda que toda imagen tiene siempre un doble, todo momento deja tras de sí un eco. El reflejo en la arena es tan real como ellos, y al mismo tiempo, es algo que se perderá tan pronto como la marea suba o como ellos den la vuelta y se alejen. Quizás por eso, la fotografía me resulta tan valiosa: captura no solo lo que ocurrió, sino lo que ya empezaba a desaparecer en el mismo instante en que lo mirábamos. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que hace el tiempo con todo lo que vivimos?

5. El primer triunfo. una flor
Esta foto es, para mí, un recuerdo grato, pero no solo por su ejecución técnica, sino por lo que representó en aquel momento: el instante en que alcanzó el primer lugar en un desafío global de la aplicación móvil Picsart, obteniendo la mayor cantidad de votos de los usuarios en todo el mundo. No era una imagen ambiciosa ni premeditada. Tal vez por eso conectó con tanta gente: porque surgió desde lo sencillo, desde un momento cotidiano que, sin proponérselo, se volvió especial.
La historia de esa imagen comienza en un rincón muy concreto del pueblo donde vivo, Alhauín de la Torre, el parque "Oriental Bienquerido", un nombre curioso para un lugar modesto, sin pretensiones. Es uno de esos espacios que, a fuerza de ser cotidianos, pasan desapercibidos para muchos. Pero, como suele suceder, basta detenerse un momento para descubrir que incluso los lugares más comunes encierran pequeños universos. Ese día, a finales del invierno de 2015, hacía frío. El cielo estaba gris, pero no amenazaba lluvia. El aire tenía esa mezcla de frescura y quietud que invita a caminar sin prisa.
Había llevado a mi hija mayor, que entonces tendría seis años, a su clase de inglés, y aproveché el tiempo de espera para pasear con mi hijo menor. Él tenía cuatro años, una edad en la que las preguntas lo invaden todo y los silencios están llenos de observación. Caminábamos despacio, como solo se camina con un niño pequeño, atentos a las piedrecitas, a los pájaros, a las hojas secas que crujían bajo nuestros pasos. En una de esas pausas, cuando él se agachó a inspeccionar una hormiga, mi mirada se posó a la derecha, donde un grupo de...
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