Cuando el capital mediático no es la productora
La luz: cuando el silencio mediático también es una forma de censura
Hay películas malas que reciben más atención mediática que una boda real. Y luego está La luz, una de las propuestas más incómodas, valientes y necesarias del cine español reciente… condenada a la invisibilidad.
Casualidad —o no—, el estreno ha coincidido con la visita del Papa, en medio de declaraciones sobre la pederastia dentro de la Iglesia católica. Exactamente el tema que aborda la película: la culpa, el encubrimiento y la maquinaria institucional que protege a los culpables. Pero mientras los titulares se llenan con el discurso oficial, el cine que cuestiona ese discurso apenas existe en el espacio mediático.
La promoción que nunca existió
La luz prácticamente no ha tenido campaña. Ni debates, ni entrevistas destacadas, ni presencia constante en televisión o radio. Nada. Silencio.
Y aquí surge la pregunta incómoda:
¿habría pasado lo mismo si detrás estuviera uno de los grandes grupos mediáticos españoles?
Porque sabemos cómo funciona esto. Cuando una película la produce Atresmedia, Mediaset o RTVE, no es solo un estreno: es un evento omnipresente. La ves en informativos, magazines, programas de entretenimiento, redes sociales… hasta en la sopa.
Pero cuando la producción no pertenece a ese circuito —como es el caso de La luz, impulsada desde productoras independientes— el ecosistema mediático se vuelve selectivamente mudo.
El problema no es solo la Iglesia
Lo verdaderamente inquietante es que la película no solo incomoda por su tema, sino por lo que revela fuera de la pantalla.
Habla de encubrimientos… y se estrena en un país donde ciertos temas siguen generando incomodidad estructural.
Habla de instituciones que protegen a los suyos… en un sector audiovisual donde las grandes corporaciones condicionan qué historias llegan al público.
Y entonces el silencio ya no parece casual.
Cine incómodo frente a entretenimiento cómodo
Mientras se promocionan productos diseñados para no molestar a nadie —comedia ligera, drama previsible, thriller de plantilla—, La luz apuesta por todo lo contrario: mirar de frente a un problema real sin anestesia.
No es una película "cómoda". Y quizá por eso tampoco es una película "promocionada".
Porque el capital corporativo no solo financia películas: también decide cuáles se convierten en conversación pública. Y cuáles no.
Una gran película que el sistema decide ignorar
Lo más paradójico es que, más allá de la polémica potencial, La luz funciona como cine: está bien interpretada, bien dirigida y construida con intención.
Pero su verdadero problema no es artístico. Es político, social y mediático.
En un mercado donde la visibilidad depende más del músculo empresarial que del valor de la obra, películas como esta quedan relegadas a un boca a boca limitado, casi clandestino.
Conclusión: el silencio también se programa
No hace falta prohibir una película para hacerla desaparecer. Basta con no hablar de ella.
Y eso es exactamente lo que está pasando con La luz: una obra incómoda, pertinente y actual que llega a los cines en el momento perfecto… para ser ignorada.
¡INDIGNANTE!
nandoLARA
