Doggy...


Buenos días, buenas tardes o buenas noches, según la hora en que os encontréis con estas líneas.
Hoy he subido dos imágenes tituladas Doggy. Una está en el apartado de Fotografía con edición ligera y la otra en Fotografía con mucha edición. Lo de "imágenes" lo digo con toda la intención del mundo, porque no son fotografías reales. Nacieron de la inteligencia artificial de una aplicación llamada PicsArt. La utilicé para participar en un challenge cuyo tema eran los perros.
Como en casa no tengo perro, ni grande, ni pequeño, ni siquiera uno imaginario que me robe los calcetines, tuve que buscar ayuda tecnológica. La verdad es que no esperaba demasiado, pero la imagen acabó consiguiendo un honroso tercer puesto. Y como toda imagen merece una historia, pensé que sería una pena dejar a ese perro sin pasado, sin aventuras y sin nadie que contara lo que había vivido. Así que le presté un poco de mi imaginación.
Aquí os dejo su relato.
"Aquella mañana hacía un frío de esos que se cuelan por las mangas del abrigo sin pedir permiso. El reloj todavía no había decidido si era demasiado temprano para empezar el día, pero el invierno sí lo tenía claro: llevaba horas trabajando.
Las calles aparecían medio vacías, como si la ciudad se hubiera dado permiso para quedarse un rato más bajo las mantas. Desde la ventana de casa observé el cielo, gris por un lado y luminoso por otro, como esos niños que no saben si echarse a llorar o ponerse a reír.
Mi perro, en cambio, no tenía ninguna duda existencial.
Estaba junto a la puerta moviendo la cola con una energía extraordinaria, sosteniendo entre los dientes su pelota favorita. Aquella pelota era un objeto misterioso. Había perdido el color original hacía meses y estaba cubierta de pequeñas marcas de dientes, pero para él seguía siendo el tesoro más importante de la Tierra.
—No me mires así —le dije mientras me ponía la bufanda—. Hace un frío tremendo.
Él respondió con un movimiento de cola tan contundente que estuvo a punto de derribar un paraguas.
Los perros tienen una habilidad especial para hacerte sentir ridículo cuando te quejas. Tú hablas del viento, del frío o de la lluvia y ellos contestan simplemente estando contentos.
Cinco minutos después caminábamos hacia la playa.
El aire olía a mar y a invierno. Es difícil explicar ese aroma. No es exactamente sal, ni humedad, ni arena. Es una mezcla que parece decirte que el mundo sigue funcionando aunque tú tengas las manos congeladas.
Al llegar a la orilla, mi perro se transformó.
Hasta entonces había sido un animal doméstico, más o menos civilizado, capaz de respetar los semáforos y esperar pacientemente delante de una cafetería. Pero en cuanto pisó la arena se convirtió en una criatura salvaje y feliz.
Salió disparado.
Corrió hacia el agua sin el menor respeto por la temperatura. Yo, solo de verlo acercarse a aquellas olas heladas, ya sentía escalofríos. Él, en cambio, entró chapoteando como si estuviera disfrutando de una tarde de verano.
A veces pienso que los perros viven en un mundo paralelo.
Un mundo donde las preocupaciones no duran más de treinta segundos y donde cualquier charco tiene categoría de parque de atracciones.
Mi compañero corría de un lado a otro dejando una estela de arena húmeda. Perseguía cosas invisibles. Tal vez gaviotas lejanas. Tal vez olores que solamente él podía detectar. O quizá perseguía simplemente la alegría, que para un perro parece ser algo tan real como una pelota.
Yo me senté en un pequeño banco de madera que resistía estoicamente el viento marino.
Desde allí lo observé.
Había pocas personas paseando aquella mañana. Una pareja caminaba cerca del agua, enfundada en enormes abrigos. Un señor mayor leía el periódico al abrigo de una terraza cerrada. Una mujer paseaba con paso rápido, seguramente intentando convencer a su reloj inteligente de que estaba haciendo ejercicio suficiente.
Y en medio de toda aquella normalidad, mi perro parecía una celebración ambulante.
Corría.
Saltaba.
Giraba sobre sí mismo.
Volvía a correr.
Cada pocos minutos regresaba hasta mí para comprobar que seguía allí. Me miraba un instante, como diciendo: "¿Has visto esto? ¿Te estás dando cuenta de lo maravillosa que es esta mañana?". Y antes de que pudiera responder, salía otra vez disparado.
Entonces sucedió.
Encontró una ola particularmente juguetona.
La persiguió.
La ola retrocedió.
Él avanzó.
La ola regresó.
Y mi perro decidió que aquello era una invitación formal a participar en una competición.
Lo vi tomar impulso.
Durante una fracción de segundo pareció olvidar que era un perro y creyó ser un atleta olímpico, un acróbata de circo o quizá un superhéroe marino.
Saltó.
Y quedó suspendido en el aire.
Fue un instante mínimo.
Uno de esos momentos que pasan tan rápido que podrían desaparecer para siempre si nadie los mira con atención.
Por suerte yo estaba mirando.
Y también llevaba el móvil en el bolsillo.
Lo saqué apresuradamente, intentando no perder el equilibrio con los guantes y el frío. La pantalla tardó una eternidad en activarse, aunque probablemente fueron apenas dos segundos.
Enfoqué.
Le seguí con la vista.
Esperé.
Y pulsé el botón justo cuando volvió a elevarse en otro salto imposible.
La imagen quedó capturada.
Allí estaba él.
Con las patas separadas del suelo.
Las orejas agitadas por el viento.
El mar detrás.
El cielo delante.
Y una expresión de felicidad tan auténtica que parecía iluminar la escena entera.
Observé la fotografía unos segundos.
No era perfecta.
Probablemente un fotógrafo profesional encontraría docenas de errores.
Pero tenía algo mejor que la perfección.
Tenía vida.
Guardé el móvil y permanecí allí un rato más contemplando el espectáculo.
Mi perro siguió corriendo hasta que el cansancio, por fin, decidió alcanzarlo.
Cuando regresó a mi lado, jadeando y satisfecho, apoyó la cabeza contra mi pierna.
Emprendimos el camino de vuelta.
Mientras caminábamos pensé que los perros poseen una sabiduría sencilla que los humanos solemos complicar demasiado. No les preocupa si hace frío, si el día comenzó torcido o si mañana lloverá. Son expertos en estar donde están.
Nada más.
Y nada menos.
Quizá por eso nos gustan tanto.
Porque cuando corren detrás de una ola, persiguen una pelota o celebran una mañana cualquiera, nos recuerdan algo que a menudo olvidamos: que la felicidad no siempre llega en los grandes acontecimientos."
A veces aparece simplemente en una playa fría, escondida dentro del salto de un perro.
Espero que os haya gustado tanto la "foto" como la historia que ha salido de mi imaginación.
Bye, bye my friends,
nandoLARA
