El invierno y sus arcoíris

Aquel día de invierno en El Peñón —ese rincón entre Cártama y Churriana donde el paisaje parece debatirse entre lo rural y lo suburbano— la lluvia había caído con una insistencia casi pedagógica. No era la lluvia fina y elegante del norte, sino la de aquí: ruidosa, testaruda, con vocación de chaparrón bíblico. Los vecinos, que ya han visto de todo, la contemplaban con la resignación práctica del que sabe que, mientras no se lleve el camino, todo va bien.
Cuando por fin escampó, el paisaje quedó como recién fregado por una mano gigantesca. La carretera brillaba con ese lustre de azulejo recién pasado por la fregona, y los árboles, pelados por el invierno, parecían más solemnes, como si la lluvia les hubiera recordado su dignidad. El aire olía a tierra mojada, ese perfume que en las ciudades venden en velas aromáticas sin saber que aquí lo regala el cielo.
Y entonces apareció el arco iris.
No uno tímido, de esos que asoman un trocito y se esconden, sino un arco iris completo, de manual escolar, con todos sus colores bien puestos. Y por si fuera poco, traía un segundo arco detrás, más tenue, como esos primos que se cuelan en las fotos familiares sin que nadie los invite. El fenómeno se extendía desde las lomas de Cártama hasta los aires de Churriana, como si quisiera tender un puente diplomático entre ambos pueblos.
El Peñón, viejo y sabio, observaba la escena con la pachorra de quien ha visto demasiadas tormentas para impresionarse. Pero incluso él parecía conceder que un arco iris así merecía un respeto. La carretera mojada reflejaba los colores como un espejo torcido, y los charcos, desperdigados como monedas de plata, devolvían fragmentos del arco con la alegría de un niño que enseña un tesoro.
Los árboles, pobres, seguían desnudos, pero la luz les daba un aire de escultura clásica. Las gotas que aún no habían decidido caer brillaban como reliquias de un santo acuático. El paisaje entero tenía algo de milagro cotidiano, de esos que pasan desapercibidos porque estamos demasiado ocupados mirando el móvil. Pero ese día no había prisa: el mundo parecía haberse detenido para contemplarse a sí mismo.
El arco iris seguía allí, imperturbable, recordando viejas historias: que si al final hay un caldero de oro, que si trae buena fortuna, que si anuncia el fin de la tormenta. Tonterías hermosas, que al fin y al cabo hacen la vida más llevadera. Porque más allá de explicaciones científicas, un arco iris siempre despierta algo infantil y antiguo: una mezcla de asombro y alegría que no necesita manual.
Los arbustos brillaban con un verde exagerado, la tierra exhalaba vapor como si quisiera tocar el cielo, y el viento salía tímidamente a mover las ramas. Todo tenía un aire de reconciliación: la naturaleza, después de enfadarse, hacía las paces consigo misma.
Y así, mientras el arco iris se desvanecía, el paisaje recuperó su ritmo. Pero el recuerdo quedó allí, como una postal guardada en un cajón: prueba de que incluso los inviernos más testarudos pueden terminar con un estallido de color.
Un privilegio de esta tierra que conviene no olvidar.
nandoLARA
