Entre flamencos y recuerdos


Aquel día cumplía cincuenta y un años, una cifra que suena más solemne de lo que uno quisiera admitir, pero que curiosamente llegó envuelta en una primavera luminosa, de esas que parecen querer reconciliarte con el paso del tiempo. Veníamos de un invierno generoso en lluvias, persistente, casi obstinado, y eso, como tantas veces ocurre en la naturaleza, trajo su recompensa. La laguna de Fuente de Piedra, cerca de Antequera, estaba rebosante de agua, viva, respirando en cada rincón.
Esa abundancia fue como una invitación silenciosa para el flamenco africano, que encontró allí un lugar ideal para anidar. La laguna se transformó en un espectáculo natural difícil de describir con palabras: reflejos temblorosos sobre el agua, verdes intensos en la orilla, y ese ballet elegante de las aves que parecen moverse al ritmo de una música que solo ellas conocen.
No era solo un lugar bonito. Era el escenario perfecto para un reencuentro.
Un par de días después de mi cumpleaños conseguimos coincidir allí un grupo de personas muy importante para mí: amigos y familia, cada uno llegando desde su rincón del mapa andaluz. Algunos venían de Sevilla, otros de Granada, otros de Jaén, y mi familia desde Alhaurín de la Torre. Aunque ahora nuestras vidas transcurren separadas por kilómetros, todos compartimos un origen común: Pozo Alcón, un pueblo que forma parte de ese paraíso natural que es el Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas.
Allí crecimos. Allí aprendimos lo que era el tiempo lento, el sonido del agua clara y el valor de la cercanía. Pero la vida, como suele hacer, nos fue dispersando. Estudios, trabajos, decisiones y azares nos empujaron hacia distintos destinos. Podría decirse que formamos una pequeña diáspora —y me gusta aclarar con humor que no somos judíos—, pero lo cierto es que ese alejamiento nunca rompió el vínculo.
Por eso aquel encuentro en la laguna tenía algo especial.
Llegamos a media mañana. El aire era suave, todavía fresco, y la luz tenía esa calidad dorada que parece prometer que el día será perfecto. Desde el primer momento, el silencio del entorno —solo roto por el sonido del agua y los movimientos de las aves— nos obligó casi a hablar en voz baja, como si estuviéramos entrando en un santuario.
Los flamencos estaban allí, desplegados como notas rosadas sobre el paisaje. Algunos permanecían erguidos, con esa elegancia casi arrogante; otros se inclinaban con delicadeza sobre el agua en busca de alimento. En la distancia, otros ejemplares dibujaban líneas suaves entre la vegetación.
Cada uno de nosotros, cámara en mano o simplemente con la mirada atenta, se dedicó a capturar ese momento a su manera. Hubo risas contenidas, comentarios sobre la luz, sobre los encuadres, sobre cuál era el mejor punto para disparar la fotografía. Pero también hubo silencios compartidos, de esos que dicen mucho sin necesidad de palabras.
La fotografía se convirtió en una excusa, pero también en un acto de contemplación.
Recuerdo un instante en especial: uno de los flamencos en primer plano, inclinado sobre el agua, mientras su reflejo temblaba suavemente con cada pequeño movimiento. Me quedé observándolo unos segundos más de lo habitual, pensando en lo curioso que resulta que estos momentos tan simples terminen quedándose contigo de manera tan profunda.
El tiempo, como cuando uno se encuentra a gusto, pasó sin que apenas nos diéramos cuenta.
Cuando llegó la hora de comer, decidimos alejarnos un poco de la laguna. Nos dirigimos a un restaurante situado en medio de un olivar, un lugar recomendado por un compañero de trabajo que vivía en Antequera. El trayecto ya fue en sí una experiencia: carreteras flanqueadas por olivos, esa geometría perfecta del campo andaluz, ese olor a tierra que siempre despierta recuerdos.
El restaurante resultó ser un acierto. No recuerdo el nombre, pero sí la sensación. Era un sitio cuidado, con productos de calidad y una cocina que respetaba la tradición. La comida fue espléndida. Y sí, fue costosa —prefiero decir costosa antes que cara—, porque había un trabajo detrás y un producto que lo justificaba.
La conversación fluyó como solo fluye cuando hace tiempo que no estás junto a los tuyos. Hablamos del pasado, inevitablemente, de historias compartidas en Pozo Alcón, de anécdotas que ya se han contado mil veces pero que siempre arrancan la misma sonrisa. También hablamos del presente, de nuestras vidas actuales, de los caminos que cada uno ha elegido.
Y, en algún momento, sin que yo lo esperara, llegó la sorpresa.
Con el café sobre la mesa, alguien empezó a entonar el "cumpleaños feliz". Poco a poco se fueron sumando las voces, y allí, en medio de aquel restaurante rodeado de olivos, me encontré escuchando esa canción que tantas veces había cantado yo para otros.
Me regalaron una camiseta. No era una camiseta cualquiera: llevaba impresa una obra mía, la misma imagen que usamos como foto de grupo en nuestro WhatsApp. En la espalda, además, habían añadido una pequeña promoción de este blog. Fue un detalle sencillo, pero cargado de significado. Sentí, en ese momento, que todo encajaba: el paisaje, las personas, el arte, la vida compartida.
La tarde fue desplegándose con calma. Poco a poco, como siempre sucede, el grupo fue dispersándose. Cada uno emprendió el camino de vuelta hacia su ciudad, hacia su rutina, hacia esa vida cotidiana que a veces parece querer separarnos.
Cuando llegué a casa, aún con el eco del día resonando en la cabeza, revisé las fotografías. Y fue entonces cuando me detuve en una de ellas: la imagen de los flamencos en la laguna.
Había algo en esa foto que me pedía una transformación.
Quizá era la luz, quizá el movimiento del agua, quizá el recuerdo del silencio que habíamos compartido. Decidí editarla siguiendo una intuición muy concreta: llevarla hacia un estilo que siempre me ha fascinado, el de Sorolla. Busqué esa pincelada suelta, esa luminosidad vibrante, esa manera de captar no solo lo que se ve, sino lo que se siente.
Mientras trabajaba la imagen, me di cuenta de que no estaba simplemente editando una fotografía. Estaba reinterpretando un momento. Estaba intentando congelar no solo la escena, sino todo lo que la rodeaba: las risas, el reencuentro, el paso del tiempo, el valor de lo compartido.
El resultado fue una especie de puente entre la realidad y la memoria.
Una imagen que es fotografía y pintura a la vez.
Al final, comprendí que tanto la imagen como este relato forman parte de lo mismo: una manera de detener el tiempo, de darle forma a lo vivido, de compartirlo con quienes quieran acercarse un poco a ese instante.
Espero que os hayan gustado tanto mis obras pictóricas como este relato. Porque, al fin y al cabo, no dejan de ser dos formas distintas de contar una misma historia: la de un día, un lugar y unas personas que, por unas horas, volvieron a encontrarse como si nunca se hubieran ido.
nandoLARA
