La caminata

28.06.2026
   Como bien digo en mi libro, toda foto tiene su historia:

   "Dicen que en Málaga, cuando llueve dos días seguidos, la gente empieza a plantearse emigrar a Cuenca o, en casos extremos, a Inglaterra. A nosotros nos bastó con bostezar con desgana el sábado por la tarde, mirar el cielo con recelo y sospechar que aquello no era natural. Por fortuna, el domingo amaneció con ese azul tímido que deja la lluvia recién retirada, como si se hubiera marchado de puntillas para no molestarnos más de la cuenta. Las calles, milagrosamente, ya estaban secas, lo que en nuestra ciudad equivale casi a una declaración de guerra contra el sofá.

—¿Y si damos un paseo? —propuse, con ese optimismo temerario que se apodera de uno tras dos días de confinamiento doméstico.

   Mi familia, que tampoco estaba para muchas heroicidades, accedió con una mezcla de resignación y curiosidad. Así fue como, sin demasiada planificación estratégica, acabamos dirigiéndonos hacia la desembocadura del Guadalhorce, entrando por esa zona de casas bien plantadas y vecinos de buena cuenta bancaria, donde las buganvillas tienen más lustre que muchas cocinas de barrio. No es Marbella, pero tampoco es el fondo de la olla: hay nivel, que se note.

   Mientras caminábamos, recordé que antes de las obras motivadas por aquellas famosas inundaciones de finales de los años ochenta, la zona tenía otro aire, más indómito, menos domesticado. El río, entonces, jugaba a ser imprevisible, y de vez en cuando se rebelaba como esos parientes que en la boda deciden coger el micrófono. Ahora, en cambio, todo parecía más civilizado, con senderos señalizados y miradores donde uno puede sentirse, por un rato, una mezcla entre explorador y jubilado con prismáticos.

   El paisaje, recién lavado por la lluvia, ofrecía ese aspecto que tienen las cosas cuando acaban de salir del baño: todo más limpio, más nítido, incluso más importante de lo que realmente es. El aire olía a tierra húmeda y a promesas de calma, y los charcos, dispersos por el camino, actuaban como espejos improvisados donde el cielo se miraba con cierta vanidad.

—Mira, un pájaro —dijo alguien, señalando hacia una zona de juncos.

—Eso no es un pájaro, es un ave —respondí, como quien aclara una obviedad antropológica.

   Pero no era cualquier pájaro. Conforme nos acercábamos a uno de los miradores de aves, empezaron a aparecer más: garzas, patos con nombres impronunciables y, finalmente, los protagonistas indiscutibles de la jornada, unos flamencos que, con su porte altivo y ese color que parece elegido por un decorador de discotecas de los años ochenta, se dejaban ver con la naturalidad de quien sabe que ha venido a lucirse.

   Mi familia reaccionó como es habitual en estos casos: una combinación de asombro, fotos apresuradas y comentarios de experto improvisado.

—Ese está en una pata porque se cansa de la otra —aventuró uno, sin el menor respaldo científico.

—No, es para no enfriarse —replicó otro, aportando una explicación igual de discutible.

   Yo, que no sabía más que ellos, decidí ejercer de cronista silencioso y disfrutar del espectáculo. Los flamencos, ajenos a nuestras elucubraciones, seguían a lo suyo, chapoteando con elegancia y recordándonos que hay criaturas en este mundo que han nacido para posar.

   El paseo continuó entre risas, comentarios sin importancia y ese tipo de conversaciones familiares que, sin decir nada trascendental, terminan diciendo mucho. Caminábamos despacio, sin prisa, como si el tiempo nos hubiera concedido una tregua. El sol, aparecer y retirarse entre las nubes, jugaba con nosotros al escondite, iluminando a ratos los senderos y los rostros.

   Fue al final de la caminata, ya de vuelta hacia Guadalmar, cuando ocurrió el pequeño milagro doméstico que convierte un día cualquiera en un recuerdo digno de ser contado. Yo me quedé ligeramente rezagado, distraído con alguna tontería —seguramente mirando el móvil o reflexionando sobre la inmortalidad del cangrejo—, mientras el resto de la familia avanzaba unos metros por delante.

   Entonces lo vi.

   Un charco más grande que los demás, quieto, casi solemne, reflejaba con nitidez a mis tres acompañantes, recortados contra ese cielo que aún no había decidido si volverse completamente azul. La imagen tenía algo de pintura antigua, de escena detenida en el tiempo. Ellos caminaban sin saber que estaban siendo duplicados por la superficie del agua, que los devolvía en versión invertida, ligeramente temblorosa pero sorprendentemente fiel.

   Saqué el móvil con esa mezcla de urgencia y nerviosismo que tienen los fotógrafos de ocasión. Si te entretienes demasiado, el momento se esfuma; si vas demasiado rápido, la foto sale torcida. Logré capturar la escena justo cuando una leve brisa empezaba a ondular el reflejo, añadiéndole ese toque de imperfección que, paradójicamente, la hacía más hermosa.

—¡Esperad! —grité, como si estuviera deteniendo el tiempo en vez de pidiéndoles que parasen un segundo.

   Se giraron, extrañados, sin entender muy bien qué ocurría. Yo ya tenía la foto. El conjuro estaba hecho.

   Al llegar a casa, todavía con la sensación del aire húmedo pegada a la ropa, me senté frente con la aplicación PICASRT decidido a darle a la imagen ese aire bucólico que, en el fondo, ya tenía. Ajusté colores, suavicé contrastes, jugué un poco con la luz, como quien intenta mejorar un recuerdo que, en realidad, ya es perfecto tal cual.

   El resultado fue, modestamente, bonito. No porque yo tenga talento especial para la edición —que no lo tengo—, sino porque la escena, en sí misma, poseía esa rara cualidad de lo auténtico. Era un instante sencillo: una familia caminando tras la lluvia, reflejada en un charco. Y, sin embargo, contenía todo lo importante.

   A veces, pensé, no hacen falta grandes viajes ni aventuras extraordinarias. Basta con dos días de lluvia, un domingo que se arregla a tiempo y un paseo por un lugar donde el río se despide del mar. Y, si hay suerte, un charco que decida, por un momento, devolvernos una versión más poética de nosotros mismos."

   Espero que os hayan gustado tanto las obras que acompañan el relato

Share