La hipocresía occidental en Oriente
La hipocresía occidental ante las muertes en Oriente Próximo
En el debate público occidental sobre el conflicto en Oriente Próximo se ha instalado una jerarquía de vidas que resulta tan inmoral como peligrosa. La muerte de un civil israelí provoca portadas, declaraciones solemnes y minutos de silencio, mientras que la de decenas o cientos de palestinos en Gaza, o de civiles en Irán y Líbano, apenas ocupa unos segundos en los informativos o una nota al pie en los comunicados oficiales. No se trata de negar el dolor de las familias israelíes, sino de denunciar que ese dolor se considere más digno de duelo, más visible y más políticamente útil que el de las demás víctimas.
Esta asimetría se alimenta de décadas de relatos mediáticos y alianzas geopolíticas que presentan a unos como plenamente humanos y a otros como daños colaterales inevitables. Cuando un cohete mata a israelíes, se habla de terrorismo y barbarie; cuando un bombardeo arrasa barrios enteros en Gaza o golpea ciudades en Líbano o Siria, se recurre al lenguaje técnico de la “seguridad” y la “legítima defensa”. El resultado es una anestesia moral: la opinión pública se acostumbra a contar muertos palestinos, iraníes o libaneses por centenas sin que ello cuestione el marco político que lo hace posible.
Equiparar las muertes no significa borrar contextos ni responsabilidades, sino recordar un principio básico: toda vida civil vale lo mismo, independientemente del pasaporte, la religión o la narrativa que la envuelva. Mientras gobiernos, medios y élites intelectuales sigan rasgándose las vestiduras por cada víctima israelí y aceptando como normal la masacre sistemática del otro, la palabra “derechos humanos” será poco más que un eslogan vacío. Romper esta hipocresía exige nombrar a todas las víctimas, exigir cuentas a todos los actores y negarse a participar en una contabilidad moral que convierte a unos muertos en tragedia y a otros en simple estadística.
