La luz, una película sobresaliente

07.06.2026

Crítica de La luz


La luz no es una película cómoda. Tampoco pretende serlo. Es una obra que incomoda, que remueve, pero sobre todo que obliga a mirar de frente unas contradicciones que llevan años instaladas en una institución que, como su propio personaje protagonista, parece profundamente desnortada.


La interpretación de Alberto San Juan es, sencillamente, extraordinaria. Construye un párroco perdido, un hombre atrapado entre la culpa, la necesidad de redención y el rechazo de una institución que no termina de entender ni de entenderse a sí misma. Su trabajo es tan creíble y cercano que uno tiene la sensación de estar viendo a una persona real, no a un personaje. Su mirada, sus silencios, su forma de habitar el conflicto moral… sostienen una película que, sin él, no tendría el mismo peso. Muchas críticas coinciden en que su interpretación es el gran pilar del filme.


El conflicto que atraviesa su personaje –la dificultad para abandonar el sacerdocio y enfrentarse a su pasado– no es solo individual. Es el reflejo de una Iglesia que durante décadas ha tenido problemas para asumir la responsabilidad de sus propios errores, especialmente en lo que respecta a los abusos y su encubrimiento. En ese sentido, la película no solo habla de un hombre, sino de una estructura que sigue sin encontrar su lugar en una sociedad que ya no acepta determinadas formas de poder.
Yo fui monaguillo durante cinco años de mi infancia, en una época marcada aún por el espíritu del Concilio Vaticano II, donde se intentaba acercar la Iglesia a la sociedad. Y debo decir que mi experiencia fue positiva. Nunca viví nada parecido a lo que narra la película. Pero precisamente por eso, La luz resulta aún más impactante: porque muestra otra cara, otra realidad que también ha existido.


Hoy no soy creyente. No desde el ateísmo ni desde el teísmo. Simplemente, no me planteo la figura de Dios porque no la considero necesaria. Respeto profundamente a quien sí lo hace, aunque me cuesta compartir una fe basada en textos que, en ocasiones, resultan incoherentes. Sin embargo, sí reconozco el valor de ciertas ideas sociales y humanas que han evolucionado hasta formas más modernas, incluso con un cierto carácter progresista, que podrían denominarse como unos "nuevos evangelios" más cercanos a la realidad actual.


En ese contexto, el personaje de Alberto San Juan representa algo más grande que él mismo: la necesidad urgente de actualización de la Iglesia si quiere seguir teniendo algún tipo de relevancia en el futuro. Su crisis no es solo personal, es institucional.
Ahora bien, la película también abre una reflexión más profunda: ¿son necesarias las religiones hoy en día? Desde mi punto de vista, no. A menudo han servido para generar estructuras dogmáticas y mecanismos de control social. Y aunque puedan transmitir valores positivos, estos no necesitan una base religiosa para existir.


En definitiva, La luz es una película que no busca dar respuestas, sino plantear preguntas incómodas. Y lo hace apoyándose en una interpretación magistral que, para mí, merece estar muy presente en la próxima edición de los Goya.


Puntuación personal: 9/10 (principalmente por la interpretación de Alberto San Juan)

nandoLARA  

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