Lluvia, arcoíris, esperanza...

Buenos días, buenas tardes o buenas noches, eso depende de ti. Hoy he publicado una foto en la sección de Fotografía con mucha edición. Ha sido una de esas fotos que nunca te esperas, pero cuando se da, ilusiona una barbaridad, y como todas tiene su intimidades que a continuación relato:
"Hay días que nacen condenados al olvido.
Aquel empezó a las siete y media de la mañana con el sueño ya amortizado, archivado en algún rincón del cerebro como un expediente sin interés. No fue un despertar heroico, ni siquiera digno. Fue mecánico. El despertador ni sonó, yo ya estaba despierto, con esa sensación de que el cuerpo se ha levantado antes que el alma.
Llovía.
No una lluvia romántica de novela rusa, sino una lluvia práctica, de esas que convierten el asfalto en espejo y el parabrisas en metrónomo. Salí de casa con la resignación del que conoce el guion: café rápido, "carpeta" bajo el brazo, coche arrancado, y la carretera de Alhaurín el Grande hacia La Cala de Mijas desplegándose como una cinta gris bajo el cielo plomizo.
Podría haber tomado la autovía. Más rápida, más recta, más eficiente. Pero la autovía es como una reunión sin alma: funcional y aburrida. Prefiero esa carretera secundaria, con curvas que obligan a estar presente, con la vegetación que saluda a los lados y con algún tractor que te recuerda que el mundo no va siempre a la velocidad que marca el reloj. Es menos concurrida y, sobre todo, menos anestesiante.
La lluvia acompañaba como una banda sonora discreta. Los limpiaparabrisas iban marcando el compás, y yo, coordinador de seguridad y salud, me dirigía a mis dos visitas del día: dos obras que prometían exactamente lo que ofrecieron… nada.
Nuestro oficio es curioso. Mal pagado y peor comprendido. En el tajo somos el "chinito en el zapato" del jefe de obra mediocre. Ese que te mira como si hubieras ido a estropearle la fiesta de la producción con tus chalecos reflectantes y tus actas de deficiencias. Y, sin embargo, también somos la inspiración silenciosa de quienes sí entienden que la seguridad no es un obstáculo, sino un acto de respeto hacia el que se sube al andamio.
Pero eso no suele dar conversación interesante.
La primera obra fue una sucesión de cascos mal abrochados, barandillas incompletas y esa eterna frase:
—Eso lo arreglamos ahora mismo, Fernando.
El "ahora mismo" en construcción es un concepto metafísico. Puede significar diez minutos o la próxima vida.
La segunda visita no fue mejor. Más hormigón, más charcos, más miradas de resignación cuando hice firmar el acta de visita. Yo cumplí con mi papel: observé, anoté, señalé riesgos, recordé normativas. Todo correcto, todo previsible. Una mañana funcional, como la autovía que no quise tomar.
A las tres en punto di de mano. Ese gesto casi ceremonial de apagar el ordenador y asumir que, por hoy, la seguridad estaba suficientemente vigilada. Volví a casa con esa sensación extraña de jornada cumplida pero sin épica.
Comí unos guisantes que había cocinado la tarde anterior por consejo de mi esposa, mi hijo puso mala cara y mi hija ilusión. Y no eran cualquier guisantes. Eran deliciosos. Tiernos, bien rehogados, con su puntito de sal exacto. Comer algo que uno mismo ha cocinado tiene algo de justicia poética. Es un pequeño triunfo doméstico frente a la mediocridad del día gracias a que mi esposa me obliga.
Después, café.
Y como quien se acoge a una tradición sagrada, puse Saber y Ganar. Hay algo reconfortante en escuchar preguntas imposibles mientras uno finge que sabría alguna respuesta. Jordi Hurtado, inmutable, parecía recordarme que hay cosas que resisten el paso del tiempo mejor que nuestras ilusiones laborales.
Fue entonces cuando empezó a llover otra vez.
Una lluvia más decidida, más sonora. Y en medio de ese murmullo acuático, me acordé de la chaqueta. Me la había dejado en la oficina.
Pensé en el fin de semana. En el frío posible. En la pequeña tragedia doméstica de no tener la chaqueta adecuada cuando se necesita. Me levanté con esa mezcla de pereza y responsabilidad absurda que tienen las decisiones pequeñas. Cogí el coche y fui a por ella.
Cuando llegué, la oficina estaba cerrada.
No hubo dramatismo. Solo una desilusión leve, casi cómica. Me quedé unos segundos mirando la puerta, como si al observarla fijamente pudiera convencerla de abrirse. Pero no. La chaqueta se quedaba dentro y yo fuera.
Volví al coche con la sensación de derrota mínima. De esas que no cambian el rumbo del mundo, pero sí el humor de la tarde.
Emprendí el regreso a casa y entonces ocurrió.
El sol empezó a salir.
No fue una aparición brusca, sino una negociación entre nubes. El cielo seguía llorando tímidamente, pero la luz comenzó a abrirse paso. Esa combinación improbable: lluvia y sol, chispeo y claridad, gris y dorado fundiéndose.
Y de pronto, ahí estaba.
El arcoíris.
No uno tímido, sino uno rotundo, entero, casi insolente. Un puente de colores clavado en el horizonte como si alguien hubiera decidido que la tarde merecía redención.
Sentí esa sacudida interna que solo provoca lo inesperado. Esa llamada silenciosa que dice: "Mira. No pases de largo."
Cuando me percaté de la magnitud, supe exactamente dónde tenía que ir. La rotonda de El Peñón, en la pedanía de Alhaurín de la Torre. Ese pequeño islote urbano coronado de palmeras que tantas veces había cruzado sin más pensamiento que el de la dirección a tomar.
Aparqué adecuadamente. Siempre adecuadamente. La deformación profesional no descansa ni ante la belleza.
Bajé del coche.
El aire olía a tierra mojada. Ese olor que es mitad campo, mitad infancia. El asfalto aún brillante reflejaba destellos de luz. Las palmeras se erguían como testigos elegantes de la escena, sus troncos húmedos y sus copas agitadas suavemente por el viento residual del chaparrón.
Y detrás de ellas, el arcoíris.
Perfectamente encuadrado. Como si la rotonda hubiese sido diseñada para ese instante concreto. Las flores rojas en el césped parecían más intensas, más vivas, recién lavadas por la lluvia. Un coche rojo cruzó al fondo y añadió un toque de humanidad a la postal.
Cogí la cámara.
En ese gesto hay algo ritual. Ajustar el enfoque. Comprobar la exposición. Respirar. No disparar aún. Mirar primero con los ojos, luego con el visor.
Pensé en la mañana monótona. En los cascos mal puestos. En las barandillas ausentes. En los guisantes. En la chaqueta inaccesible. Y me di cuenta de que todo había sido necesario para estar allí en ese preciso segundo.
Si hubiera tomado la autovía.
Si no hubiera recordado la chaqueta.
Si la oficina hubiera estado abierta.
Si no hubiera llovido.
No habría foto.
La vida tiene esa manera discreta de recompensar la perseverancia gris con un instante luminoso.
Disparé.
El clic sonó pequeño frente a la inmensidad del arco de colores. Pero sabía que había atrapado algo más que una imagen. Había capturado la contradicción del día. La prueba de que incluso en jornadas rutinarias se esconde la posibilidad de lo extraordinario.
Me quedé unos minutos más, observando cómo el arcoíris empezaba a desvanecerse. Porque todo lo bello es provisional. Y quizá por eso importa tanto.
Subí al coche con una sonrisa que no estaba prevista en el guion de esa mañana. La chaqueta seguía en la oficina. Mi sueldo seguiría siendo el mismo. A la semana siguiente habría otra obra, otro jefe de obra, otra visita.
Pero aquella tarde, en la rotonda de El Peñón, la monotonía se rindió.
Y yo, coordinador de seguridad y salud, mal pagado pero atento, fui testigo de cómo la luz y la lluvia firmaban una tregua sobre las palmeras.
A veces no necesitamos cambiar de vida.
Solo mirar un poco más despacio.
Y estar preparados, cámara en mano, cuando la magia decide aparecer."
Espero que os haya gustado tanto la imagen como su historia. Si lo habéis leído mil gracias. Os recomiendo mi libro "Cada foto tiene su... HISTORIA".
nandoLARA
