Reyes, caramelos, moda

18.01.2026

   Hoy he colgado una imagen, Fotografías con mucha edición, en  trae a mi mente gratos recuerdos de un día especial para un niño español, el día de reyes. Os cuento mi versión de los hechos:

   "Vivimos en Alhaurín de la Torre, que es un lugar donde uno puede presumir de inviernos sin que nadie le llame exagerado. Aquí el frío es una opinión, no un hecho contrastado. Los meteorólogos hablan de borrascas y nosotros sacamos una chaqueta fina, de entretiempo, esa prenda eterna que en Málaga sirve tanto para diciembre como para abril, e incluso para una boda mal planificada. Por eso, aquel Día de Reyes de 2020, mis hijos Marta y Héctor no iban envueltos en pellizas, ni con bufandas hasta las orejas, ni parecían dos croquetas humanas listas para freírse en la cabalgata. Iban ligeros, libres, con ese abrigo justo que permite correr detrás de los caramelos sin riesgo de asfixia.

   Era un seis de enero de esos que aún no sabían lo que les venía encima al mundo. Nadie hablaba de pandemias, ni de mascarillas, ni de geles hidroalcohólicos. El mayor peligro sanitario era empacharse de roscón o resbalar con un caramelo traicionero. Así que decidimos subir con antelación a la cabalgata de la Avenida Reyes Católicos, que ya el nombre promete algo solemne, aunque luego todo sea confeti, música estridente y padres empujándose con la dignidad en mínimos históricos.

   Antes de enfrentarnos a la batalla campal por los caramelos, hicimos parada estratégica: unos tejeringos con chocolate caliente. Esto no fue un capricho, sino una decisión táctica digna de un general romano. Nadie puede enfrentarse a Melchor, Gaspar y Baltasar con el estómago vacío. El chocolate humeante actuó como combustible moral, y los tejeringos, crujientes y grasientos, como una especie de armadura interior contra la frustración infantil. Mis hijos mojaban con una seriedad casi litúrgica, conscientes de que aquel ritual era tan importante como la propia cabalgata.

   Mientras esperábamos, con el chocolate aún calentando las manos, empezamos a matar el tiempo. Yo, que siempre he tenido vocación frustrada de artista reconocido, propuse un juego: yo sería un fotógrafo de moda. No uno cualquiera, no; uno de esos que hablan raro, miran el mundo como si todo fuera un encuadre y piden "actitud" a niños que solo quieren correr. Marta y Héctor aceptaron encantados, porque todo juego que implique posar y sentirse protagonista tiene una aceptación inmediata a ciertas edades.

   —Poned cara de que sois famosos —les dije—, pero famosos importantes, no influencers de esos que venden batidos verdes.

   Ellos se subieron al papel con una naturalidad insultante. Marta inclinó la cabeza con una elegancia improvisada, Héctor cruzó los brazos con gesto desafiante, y ahí entendí que la genética, a veces, tiene sentido del humor. La Avenida Reyes Católicos se convirtió, por unos minutos, en una pasarela internacional. La gente pasaba alrededor sin saber que estaban asistiendo al nacimiento de dos iconos de la moda infantil malagueña.

   Saqué mi Huawei —que en aquel entonces tenía una cámara estupenda, casi mejor que mi ojo derecho— y esperé. Porque la fotografía, como la vida, es saber aguantar sin disparar antes de tiempo. Esperé la pose justa, el gesto exacto, ese instante en el que los niños olvidan que están jugando y simplemente son. Y entonces, clic. La foto salió. No bien: salió esa foto. La que uno reconoce al instante como especial, aunque todavía no sepa por qué.

   Luego vino la parte paciente, casi monástica. Ya en casa, más tarde, con la calma de un buen joyero y la obsesión de quien pule algo que ama, edité la imagen. Colores, contrastes, sombras. Poco a poco, mis hijos dejaron de parecer dos niños normales y se transformaron en personajes de manga, posando con dignidad heroica en mitad de Alhaurín. No eran caricaturas, eran versiones elevadas de sí mismos, como si hubieran sido llamados a protagonizar una historia más grande que ellos, pero sin perder la inocencia.

   Después llegó la cabalgata, claro. Los Reyes Magos aparecieron envueltos en música, luces y un exceso de entusiasmo municipal. Marta y Héctor se lanzaron a por los caramelos como si les fuera la vida en ello. Dos bolsas se llenaron, se consiguieron, con esfuerzo, con codazos discretos y alguna mirada asesina a otros padres que fingían no competir. Yo observaba la escena con esa mezcla de orgullo y resignación que define la paternidad: saber que tus hijos son maravillosos, pero también perfectamente capaces de empujarte sin remordimientos si hay gominolas de por medio.

   Al caer la noche, ya con las piernas cansadas y el azúcar circulando peligrosamente por las venas, regresamos al hogar. La casa olía a roscón de Reyes y a árbol de Navidad, esa combinación que solo existe unos pocos días al año y que debería embotellarse como perfume de la memoria. Nos sentamos juntos, cortamos el roscón, buscamos la sorpresa y el haba, y por un rato el mundo fue exactamente como debía ser.

   Aquel Día de Reyes de 2020 se quedó ahí, intacto, como una fotografía bien guardada. Sin saberlo, celebrábamos una normalidad que pronto se volvería un lujo. Por eso, cuando miro esa imagen manga de mis hijos en la Avenida Reyes Católicos, no solo veo una buena foto: veo un tiempo en el que todo era sencillo, en el que bastaban unos tejeringos, una cámara decente y dos niños jugando a ser modelos para que la felicidad pareciera, por fin, bien enfocada."

   Espero que os allá gusta tanto la imagen, como su historia, su vida, su nacimiento.

                                         nandoLARA